De tu lecho
alumbrado
Renaceré yo
Cuando, dormida tú,
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DE TU LECHO ALUMBRADO
De tu lecho alumbrado
de luna me venían,
no sé qué olores tristes de deshojadas flores;
heridas por la luna, las arañas reían
lijeras sonatinas de lívidos colores...
Se iba por los
espejos la hora amarillenta...;
frente al balcón abierto, entre la madrugada,
tras la suave colina verdosa y soñolienta,
se ponía la luna, grande, triste, dorada...
La brisa era
infinita. Tú dormías, desnuda...;
tus piernas se enlazaban en cándido reposo,
y tu mano de seda, celeste, ciega, muda,
tapaba, sin tocarlo, tu sexo tenebroso.
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RENACERÉ YO
Renaceré yo piedra,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo viento,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo ola,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo fuego,
y aún te amaré mujer a ti.
Renaceré yo hombre,
y aún te amaré mujer a ti.
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CUANDO, DORMIDA TÚ,
Cuando, dormida tú, me echo en tu alma
y escucho, con mi oído
en tu pecho desnudo,
tu corazón tranquilo, me parece
que, en su latir hondo, sorprendo
el secreto del centro
del mundo. Me parece
que lejiones de ánjeles,
en caballos celestes
--como cuando, en la alta
noche escuchamos, sin aliento
y el oído en la tierra,
trotes distantes que no llegan nunca--,
que lejiones de ánjeles,
vienen por ti, de lejos
--como los Reyes Magos
al nacimiento eterno
de nuestro amor--,
vienen por ti, de lejos,
a traerme, en tu ensueño,
el secreto del centro
del cielo.
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