Eterna llama
En la sombra
Sensaciones



ETERNA LLAMA

Bienaventurado fui, en los lejanos días de verano,
al llegar en las Islas Afortunadas, donde -así lo narra el filósofo-
se esconden inmensas riquezas, crecen espontáneos manjares jugosos
y en donde se halla la fuente de un río especial: el río
Letéo...agua del olvido,
peligrosa en su origen más que en los infiernos.
Pero los dioses quisieron que allí estuviese, en permanente vigilia,
el más maravilloso de los guardianes. Su nombre era Sofía y,
en verdad, todas sus más pequeñas características entraron -por así decirlo-
en mi alma por misteriosos y rápidos senderos; y su imagen,
intensa antítesis del olvido fluvial, permaneció en mi memoria
como el más joven y mítico de los recuerdos. Su cabello, puro fuego de pasión,
magma hierático del Sol, ardiente y sempiterna llama de vida,
era lo primero en aparecer y difundir su luz
a través de las negras y sombrías tierras volcánicas.
¡Oh, gran desafío era para el Olimpo aquella maravillosa cabellera de ígneos hilos de oricalco!
Y después, aún lo recuerdo con el mismo colorido de antaño,
los ojos -que vencían al mismísimo Linceo en capacidad-
atravesaban todas las capas de mi corazón,
lo abrían y lo exploraban con dulzura;
se encendía en mí una nueva vida,
al nadar en sus pupilas cual pez rojo en lago dorado...
su voz, en idiomas que nunca sabré, fluía entonces como el más fresco
y agradable arroyo de leche y miel que los ancestros más ilustres puedan glorificar.
¿Y su sonrisa?
¿Cómo puedo -oh Zeus- olvidar el fulgor y las mil promesas que parecía susurrar?
No (Poseidón me guarde) de la misma factura que la de las malvadas sirenas...eso nunca;
la suya era sonrisa divina, transmisora de salvación
y portadora de una quintaesencia,
el amor,
que pocos mortales, antes que yo,
habían podido apreciar en todo su amable turbamiento
y obnubilado -más placentero- sentimiento.
Y ella respondía con agradable y sereno rubor,
que -signo de humana y sensible voluptuosidad-
se propagaba como el agua por su tez inmortal,
haciéndome testigo de la metamórfosis más bella y pura
que ojo humano haya presenciado jamás,
por encima de la visión de las variopintas flores abriendo sus pétalos...
o de soles anaranjados muriendo sobre el mar en miles de destellos dorados
como escamas de pez flotando...
Allí sigue Sofía, gloriosa y perenne protectora del vivo afecto de los hombres,
por ella salvados del olvido insidioso...
sigue allí, imperecedera, en nuestra memoria...
y seguimos viéndola en tantas pequeñas ventanas de nuestro terrenal mundo:
en las incandescentes brasas de una chimenea, en las otoñales
hojas de encinas y chopos, en lánguidos amaneceres y anocheceres,
en todo cuanto reluzca y se superponga vivazmente sobre la tosca frialdad
de lo mediocre y lo vulgar.
Sigue allí nuestro fuego.
Sigue allí nuestro amor.
Sigue allí la roja Sofía.


Fabrizio Ferri 1999


EN LA SOMBRA

Si yo, por un momento,
de embriagado sentimiento
me sintiese invadido...
llamaría aquello
amor
sin saber porque, ceñido
por los cálidos brazos
de una diosa.
¿Es acaso ésta una cruel
Artemisa,
fria y sin embargo infiel?
Imposible.
Miro con placidez la plata
de la Luna.
¡Qué triste!
Y a pesar de ello, me sonrie
como sólo ella
ella
sabe hacer.
Se lo diré:
"Eres una estrella, Sofía".
Cuando entoces ella muestre
su sonrisa,
me perderé para siempre,
como en las notas
de un tango nostalgico.
Se apagan los focos
ella sigue aquí, conmigo.
Tocaré con la mano
su boca
para ver otra vez
la luz.

Fabrizio Ferri, Junio 2000

 

SENSACIONES

Rubí de singular belleza,
engastado en fuego vivo:
dirigí casualmente hacia tí la mirada.
Ví el reflejo
de un precioso atardecer de amor,
las manos cogidas, el rojo
de tus labios cerrados, el pálido
amarillo del sol dormido.

¿Porqué afanarse
en buscar sentido a la vida?

Te contemplo y siento
dentro de mí un sonido por
mil violines tañido,
la voz de cien mesías, el coro
de diez iglesias.
Tu sonrisa es para mí
prueba de fe y al mismo tiempo
sagrado misterio. Irracionalidad hecha de momentos
y de silencios, de notas musicales
suspendidas en el aire,
de colores pasajeros e irrepetibles,
todo tan efímero y poderoso
como una tempestad de verano.

Ver tus colores,
oír tus sonidos;
con ellos, gozar del amor más puro y duradero.
Como una llama de vela,
perdida en un altar
de la catedral Universo. Quiero reunirme ante ella y rezar
por el milagro de su amor.
Rezar, amar, soñar.
Me darás tu mano y sonreirás en el vacío.

Habré descubierto
el secreto
de la eterna juventud.

Fabrizio Ferri
23 de Agosto del 2000

 

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